Dos desastres nos afectan y demandan respuestas de la iglesia y su liderazgo.

dacairma

Recientemente recibimos el impacto destructivo de dos tipos de desastre sobre este país y, en particular, sobre la comunidad hispana-latina.

Uno de ellos tiene su origen en factores meteorológicos de los que no tenemos ningún control (aunque no podemos seguir negando que el uso y abuso de la naturaleza de nuestra parte está contribuyendo a un calentamiento global que incide en la frecuencia e intensidad de los fenómenos climáticos). En todos los medios de comunicación abunda información sobre la pérdida de vidas humanas, los daños materiales y el costo económico y social que causó el huracán Harvey la semana pasada, y el que está causando el huracán Irma esta semana. Y la próxima puede que sean los huracanes Katia y Jose.

El otro tipo de desastre es de hechura humana: la decisión del actual gobierno de terminar en seis meses la orden ejecutiva conocida como DACA, promulgada durante la administración pasada. Esta orden fue creada con el propósito de proteger de deportación y de permitir la educación de casi un millón de personas hispanas que, sin haber nacido en este país, han vivido la mayor parte de sus vidas aquí y han luchado por su sueño de educarse para servir a sus comunidades y al país que ahora consideran suyo.

El impacto negativo de este segundo desastre ya se ha hecho sentir sobre estos “soñadores y soñadoras” y sobre sus familias. Sin culpa alguna de su parte, sufren ya la incertidumbre de estar bajo la amenaza de ser deportados y de ver truncados sus sueños de servir a la comunidad y al país que les vio crecer. Además de este daño inmediato está el impacto negativo, a mediano y largo plazo, que tiene para toda la sociedad y la comunidad hispanas el no aprovechar la contribución que puede hacer y ya está haciendo esta nueva generación de hombres y mujeres que han logrado altos niveles de educación en todos los campos.

Ambos desastres tienen en común el llamado urgente a unir esfuerzos y a compartir los recursos que tengamos. Ambos desastres llaman a la iglesia y a sus líderes a practicar la solidaridad, a ejercer una “fe que actúa por el amor” (Gálatas 5:6).

En el primer tipo de desastre, se trata de una solidaridad que busca mitigar los daños que causan los fenómenos naturales y proveer compañía y consuelo a quienes, cerca de nosotros, lo necesitan. El segundo tipo de desastre nos llama a una solidaridad cristiana profética. Porque aún hay un plazo de seis meses para que el Congreso de los Estados Unidos decida crear una ley que proteja a estos “soñadores y soñadoras”, esto significa que debemos orar por nuestros gobernantes para que tomen decisiones sabias (1 Timoteo 2:1-3). Esto significa también que tenemos la oportunidad y la responsabilidad de hacer un llamado a los líderes de todos los partidos políticos para que actúen con rectitud y justicia en favor de estos cientos de miles de jóvenes y, por lo tanto, en favor de toda la comunidad hispana y la sociedad en general. Jesús y los profetas antes de él lo hicieron con los líderes políticos y religiosos de su tiempo. La iglesia y sus líderes hoy debemos hacer lo mismo.

Por lo tanto, AETH invita a participar en todo esfuerzo que iglesias, denominaciones, organizaciones y comunidades realizan para responder, a la luz del Evangelio, a los daños que han causado y están causando estos desastres.

Dr. Fernando A Cascante

Director Ejecutivo, AETH

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